«Cuando el mundo te falle, siempre habrá alguien que ponga la nota correcta a tu canción. Una melodía de ida al mundo real con poco equipaje, solo lo que importe de verdad. Quienes te quieran esperarán por ti cuando te canses del mundo irreal.»

Textos de Carlos H. Vázquez contenidos en el libreto de Hogar

meiuqèr

Establecimientos míticos que han cerrado después de décadas sirviendo perritos, bocadillos o croquetas ahora renacen actualizados y vuelven a abrir sus puertas; son parte de la identidad del barrio, por lo que recogerlos y darles otra vida es una manera de dar las gracias. No es corta la lista de sitios históricos desaparecidos, cuya clausura se ha sentido más como una pérdida personal que como un cambio de negocio. Un ejemplo es Casa Martín, que ha estado repartiendo, entre otras delicias, croquetas desde hace 45 años.

«Esta casa no tiene sucursales», reza en una placa al entrar. Cuando cerró Casa Martín en 2019, alguien que firmaba como «S.» dejaba escrito un mensaje en la fachada: «Veníamos aquí cuando éramos jóvenes y ahora volvemos con nuestras hijas. ¡Gracias por todo!». En octubre, Jesús apagaba las luces de su local. Tenía entonces 65 años y una delicada salud que le había obligado a recurrir al retiro, pese a que él hubiera querido seguir trabajando en Casa Martín con Marisa, la guardiana de la receta original de las croquetas. «Es un negocio familiar. Empecé ayudando a los 14 y luego, a los 20, pasé a ocuparme de ello. Para mí no es un trabajo, sino parte de mi vida», relataba Jesús.

Los fines de semana, el bar siempre se ponía hasta arriba, pero la memoria de Jesús era implacable con las comandas y las caras. «A lo mejor vienes un día y me acuerdo de ti si regresas de nuevo, aunque sea diez años después con tu hijo». Así lo recuerdan Alfredo (28) y Miguel (30), vecinos del barrio y clientes del «antiguo» Casa Martín, cuando la barra estaba en otro lugar e iban famosos de todo pelaje. Alfredo y Miguel se conocieron en el colegio, son amigos de la infancia. Se criaron, crecieron y vivieron de todo, y hoy levantan cada amanecer el cierre metálico de Casa Martín. «Pensamos en montar algo juntos. Primero, en meternos en el negocio hostelero de mi familia, pero teníamos otras ideas en mente. Cuando Miguel se enteró de que se jubilaba Jesús y que iban a ponerlo a la venta, supimos que ese era el negocio que buscábamos. Cada día, cuando salimos de la cama, pensamos que tenemos el mejor trabajo del mundo», explica Alfredo.

Lo único que Jesús no iba desvelar a los compradores del nuevo Casa Martín era la receta de las croquetas. Nadie puede hacerlas como Marisa, conseguir la bechamel líquida, encontrar el toque que hizo famoso a Casa Martín y por el que se le recuerda más allá de ultramar. Otra vecina, en otra nota, declaraba que pagaría por la receta. La felicidad a veces se mide en cantidades de harina y pan rallado.

«Lo más bonito de todo, lo primero, es levantar esto con un colega que ahora es socio», señala Alfredo. «Somos del barrio, y conseguir mantener uno de los negocios que más quería la gente es importante, sobre todo por la memoria de su dueño». Jesús fallecía al poco de firmar los contratos del traspaso y no pudo ver la reapertura del nuevo Casa Martín el 6 de marzo de 2021, gestionado ahora por dos jóvenes que han decidido invertir sus ahorros en mantener vivo un recuerdo que no tiene precio. «Nosotros pensamos que Casa Martín tiene tiempo por delante, pero tampoco podemos pensar en el futuro; estamos empezando», incide Alfredo, que ha vivido de lleno la pandemia. «Los sentimientos son secundarios tal y como está la cosa, pero nosotros sabemos cómo lo tenemos que hacer, porque conocemos mejor que nadie este lugar». La crisis sanitaria del coronavirus les ha obligado a recortar en personal, lo han pasado mal y han visto peligrar este sueño. Pero se han levantado, se han sacudido el polvo y han continuado con el camino. «Sé que Jesús no habría tirado la toalla. Nosotros estamos aquí por él, por tantos años de felicidad que nos ha dado, y se lo queremos agradecer».

inercia

La vida es un carrusel, una película de Charles Chaplin y un vals arrebatado. Tal vez para los mortales, el único momento de montar en unicornio. Suena música de circo. Es Otto e mezzo.

A lo lejos, se le puede ver la carpa rojiblanca a esta atracción situada en la plaza de la ciudad. En navidades es una postal preciosa incluso en blanco y negro. Lo es en verdad en cualquier estación, porque un tiovivo queda bien con todo; entretiene a grandes y a chicos, a la niña y al niño, a la abuela y al abuelo. Es de las pocas cosas que son capaces de poner de acuerdo a la gente. No abundan los haters del carrusel.

Están en las calles, en las plazas, en los parques de atracciones. Siempre, donde estén, habrá padres con niños subidos a caballitos (o unicornios) de cartón piedra y fibra de vidrio «atravesados» por una barra dorada de la que poder sujetarse en este viaje de suaves bajadas y subidas que gira y gira… like a carousel.

El entorno de este tiovivo en concreto no es el más adecuado. No hay mujeres barbudas ni charlatanes, si acaso un mendigo que se disfraza de payaso y que se hace llamar Rayito. Pide para medicinas, para él y para su señora. Los días buenos hace treinta euros. A unos metros de allí, el edificio de cristal y hormigón de un centro comercial se alza sobre la avenida y la plaza en la que luce el carrusel, que en realidad es un reclamo perfecto, más bien una simbiosis entre uno y otro negocio; las familias que van de compras pueden contentar un rato a sus hijos con la promesa de una vuelta en el tiovivo, que además es muy pintón, de principios del siglo XX, con adornos clásicos, orfebrería y pinturas que parecen de Monet.
Su soniquete es también clásico, pero circense. Sería una herejía poner reggaeton. En invierno montan al lado una pista de patinaje y Nino Rota sucumbe ante Maluma. Total, es Navidad. En primavera, los caballitos cabalgan en solitario; los padres llevan a sus hijos todavía al parque. Aprovechan los días de sol antes de recogerse. Y si la niña monta a caballo esa tarde es porque había que pasar por la plaza del tiovivo para entrar al centro comercial.

«Un viaje: cuatro euros». En la caseta lo pone bien claro si quieres tener entretenido a tu chaval un rato. ¿Pero qué son cuatro euros para un padre que se acaba de dejar noventa en la tienda de deportes? Nada, hombre. Es felicidad, una que dura varias vueltas. Un alto en el camino para descansar, dejar las bolsas y echarle un ojo a WhatsApp. «¡Papaaaaaá… Papaaaaaá…!». Saluda una cría moviendo la mano. Los demás viajeros, el noventa por ciento criaturas, imitan el mismo gesto. Una pareja y una madre (siguiendo al caballito de su primogénito) completan la formación. Los novios llevan poco y son muy jóvenes. Seguro que al bajarse irán a cenar al burger de más abajo.

fotografías

Por la MA-19 se llega hasta Portopetr para luego tomar el Camí de Sa Torre hasta la carretera que conduce a la Cala Mondragó para dejar el coche en el parking de Sa Font de n’Alis. Conduce Roberto y de copiloto va Lolo, que está llenando de migas el salpicadero; no podía esperar a comerse el bocadillo al aparcar, no, tenía que abrirlo ahí, hacer una bolita con el papel de plata y tirarlo al suelo bajo el salpicadero. Roberto le afea la conducta. Lolo tranquiliza: «No te agobies, que luego lo recojo».

Ambos rondan los veintipocos. Están haciendo un viaje por Mallorca que planearon desde mucho antes de las navidades pasadas. Van solos, no se les conoce relación alguna o pareja anterior. Solteros, eran los freaks del instituto, pues iban juntos a clase. Cuando aparece el calor del verano, descartan las piscinas artificiales o las playas más concurridas. Tiran de sierra, de piscinas naturales, o de calas, como es este caso.

Dentro del Seat Ibiza III de segunda mano que les han alquilado, el olor a frutas del bosque que desprende el ambientador que cuelga del espejo retrovisor invade el habitáculo, refrescado por el aire acondicionado y decorado por Lolo a base migas de pan y desperdicios. A uno le gusta comer y al otro le encantan los coches. Nunca van a tener problemas en ese aspecto, aunque casi nunca los tienen. Una amistad a prueba de silencios incómodos. Cuando suceden no se violentan, simplemente no dicen nada, porque nada se tienen que decir. Ya saldrá un tema del que hablar.

Lolo es más reservado que Roberto y tiene complejos con su cuerpo. Va a la playa y no se baña, y si lo hace no se quita la camiseta. De hecho, no se desprende nunca de ella. Jamás vuelve moreno de las vacaciones. A Roberto eso le da igual. Él tiene un cuerpo que llamarían fofo; nunca le gustó el gimnasio, prefería ir al pub irlandés que tenía cerca de casa, porque tenían pintas de Guinness y le ponían a Eric Clapton. Roberto es «un clásico» que sueña con hacerse algún día con un Ford Mustang GT del 68. Tiene mucha experiencia al volante, concentración máxima mirando a la carretera a través de las gafas de sol. Casi están en el aparcamiento de Sa Font de n’Alis. Después les aguarda una caminata hasta la cala. Lolo lleva un montadito de bonito en su mochila por si las fuerzas flaquean al caminar.

Suena raro el Ibiza. Está así desde que arrancaron, pero les dijeron que se pasaba cuando el coche se calentaba. Será verdad. Mientras ese cacharro les deje sanos y salvos en la cala, todo lo demás da igual. Estas dos semanas son sagradas para Lolo y Roberto, abonados a las excursiones y a las escapadas desde la mayoría de edad, estrenada en un fin de semana en Brighton. No tenían ni idea de inglés, aunque se hacían entender. Aprendieron lo básico: «Can I have a beer, please?».

Pero Mallorca iba a ser distinto. No por los turistas alemanes de la isla, que también, sino por la idea de hacer algo más alternativo en la medida de lo posible. Son de secano y se han dejado aconsejar por TripAdvisor. Teo A escribía: «He visitado la playa de Cala Mondragó este fin de semana y ha sido una gratísima experiencia. Un agua espectacular y muy buena temperatura, no hay aglomeración de gente y el parking no estaba saturado a pesar de ser gratis». Otros comentarios remarcaban la visita a la vecina playa de S’Amarador, también al mirador al que da nombre. Desde allí se deben hacer muy buena fotos y Roberto siempre hace la misma en todos los viajes con Lolo: el azul celeste del cielo y el azul turquesa del mar. El ojo poco entrenado no distinguiría si esas instantáneas están hechas en San Javier o en la playa de Samil. Roberto, en cambio, se las sabe de memoria.

he vuelto

Natalia tenía una máxima para la convivencia con Jorge, su chico desde hacía tres años y cuarto: «Dos no bailan un tango si uno no quiere». Discutían como cualquier otra pareja, sin demasiados dramas. Nunca habían surgido los celos en esa relación, tan perfecta que resultaba imposible de creer. Pero es que era verdad: se querían mucho.

Tenían en común una perrita, que era la alegría del hogar. El clásico «sofá, manta y peli» de los domingos fueron otro rollo con la compañía canina de Nala, una bodeguera que había sido adoptada por Natalia poco tiempo antes de conocer a Jorge en el Physical, el garito predilecto de Jorge, un habitual desde que comenzó a ir a la facultad. «Buenos tiempos», decía. La nostalgia le invadía si escuchaba The less I know the better de Tame Impala, canción fija en la playlist del Physical los sábados por la noche. Entonces, Jorge compartía piso. A veces, si se daba bien, hasta cama. Pero esa es otra historia.

Por su parte, Natalia era más de festivales. Al Physical la llevaron unas amigas por primera vez. La música le moló, se hizo otra habitual. Fiesta a fiesta, los nombres de los chicos a los que besaba por primera e incluso por última vez iban pasando como el último metro de la madrugada; ninguno paraba en su estación. Se ve que el de Jorge sí.

Los planes a partir de empezar a salir juntos mutaron. Los sábados ya no era una prioridad ir al Physical, porque una película era mejor opción. Cambiaron de hábitos, hicieron suya una vida que construyeron en base al calendario. Acordaron que el jueves sería la noche de la pizza. Ella acostumbraba a pedir una barbacoa y él una con piña. Masa extrafina y salsa de ajo. Hacerlo solo estaba considerado una especie de infidelidad. Todo programado pero maravilloso, tanto, que las resacas pasaron de ser de roncola a vino rosado. La pareja era feliz con esas metas volantes a lo largo de la semana. A Natalia le hacía gracia la frase «¡Nos come la rutina!». Al año y medio de noviazgo, estas cosas estaban interiorizadas. Saber que el jueves tocaba pizza era un aliciente.

A los dos años, igual ya no era barbacoa, sino carbonara la pizza. Se permitían ciertas licencias. ¿Lo harían por huir de la rutina? Tal vez. Los tres años ya pesaban más. En casa se estaba bien, pero engullía el sofá cuando el cuerpo pedía fiesta. Natalia tenía el gusanillo de los festis, a los cuales había dejado de ir. Y Jorge, en cambio, extrañaba las juergas del Physical. Llegaron a no ponerse de acuerdo con las vacaciones. Tanto tiempo juntos, ¿qué habría tenido de malo viajar separados, cada uno por su cuenta? En un punto de la historia, Nala era lo único que todavía mantenía unidos a Jorge y Natalia. Sí, había pizza de vez en cuando, pero no los jueves, sino un sábado tonto.

La posibilidad de cortar estaba en sus respectivos pensamientos, lo llevaban en secreto. Un verano decidieron hacer cada uno su vida. Dejarlo. Fue Jorge quien dio el paso. Para Natalia significó un respiro. Necesitaban estar separados. Ella se iría de festivales con sus amigas y Jorge celebraría el cumpleaños de un antiguo compañero de clase en el Physical. Sentían que eran libres por haberse desprendido de una losa; podían tontear con otra gente. Natalia, pragmática, opinaba que era mejor dejarlo «así» y terminar bien que no estirar el chicle y acabar peor.

Las semanas pasaron, como los días y las horas, y lo de Jorge y Natalia dejó de ser un proyecto común. Ni siquiera Nala, que se quedó con Natalia. A él se le hacía un nudo en la garganta cuando veía por la calle a un perro de la misma raza. Es lo que más le dolía de haberlo dejado. Se preguntaba si había hecho bien.

el hombre del futuro

Sin rumbo fijo, vagando por Asturias de Oriente a Occidente una y otra vez, descubriendo lugares increíbles con la casa a cuestas, Verónica pasa las vacaciones con su travel buddy durante quince días. Sin ella, no le «fliparía» tanto este plan. Ha despertado sonriéndole al mar en el Algarve portugués, en la playa de Torimbia, en la de Mexota…

En esas dos semanas de viaje le dan una tregua a Instagram, porque no lo tienen los hippies de verdad (de la buena): «Algunos lugares os los enseñaré, y otros los mantendré secretos para que sigan vírgenes y puros», cuenta Vero, que sigue la filosofía «living the van life». En una California Westfalia hizo en 2014 su primer viaje en furgoneta (destino a Cádiz). «Entraban tres personas de milagro y éramos cinco. ¡Y no tenía baño! Tres lo pasaron realmente mal y las dos que permanecimos, porque nos flipaba el plan, fuimos las que continuamos haciendo esto». No es, desde luego, algo para todo el mundo.

Asegura Vero que la esencia de la autocaravana es dormir en sitios «imponentes» donde una se encuentre prácticamente sola y pueda despertarse encima de un acantilado, no ver a nadie alrededor o levantarse con el sonido de las olas y los pájaros. «Eso en Cádiz se ha perdido; tienes que dormir en campings, porque está prohibido pernoctar en la naturaleza, a menos que busques sitios ‘ilegales’», dice para referirse a los puntos más recónditos que solo los lugareños conocen.

Hay localizaciones a las que llegan a horas tardías, por caminos salvajes, solo alumbradas por los faros de la furgoneta y unas linternas (admite Verónica que así han llegado a «cargarse» un espejo). Todo esfuerzo merece la pena cuando la luz de la mañana llama por la ventana y la persiana se levanta para mostrar solo césped, agua y rocas. «Eso es una gozada», alude la protagonista. Se diría que no necesitan reloj, porque se despiden del colchón dependiendo del estado del tiempo. En Asturias, por ejemplo, si está lloviendo, toca «plan gastro». No llevan una ruta definida, deciden en función del clima (impredecible por otra parte). Se guían por lo que les apetece a través de señales indicadas en el mapa.

Para empezar el día, un bol de frutas con avena, yogurt y canela, y un café que suele ser soluble. Menos el año pasado, que tuvieron una cafetera italiana. Afuera suena la música, descrita como «hippie-surferilla-relax». Dos tazas y sendos cuencos ocupan la mesa del «jardín». Un instante –tan íntimo como comunitario– que dura un segundo pero que en realidad parece una semana. Les llama el viento, las olas del mar, y el sur de Francia, que ya es otra cosa; Lastres, Caños de Meca e incluso el Algarve son de onda más relajada. Han valorado también la Costa Brava y a Vero le encantaría hacer la ruta 66. «¡Sería la leche!», exclama.

Como Manuel en los Los Asquerosos, se prescinde del champú y del gel de baño. Vero, al menos, confiesa que no se ducha, que se baña en el mar, y que no se lava el pelo en dos semanas: «Esos días soy muy hippie». Para comer (sin contar el desayuno), se gastan «dos duros» en hummus y utilizan conchas para cortar un pepino. El único vínculo con la civilización «accidental» es un pequeño cartel que cuelga del retrovisor, en el que reza así: «Home is where your van is». Han conducido autocaravanas que de viejas no tenían ni luz, y entre las travel buddies hay afición por los ratos de lectura.

Se apaga el cielo en el Cantábrico cuando vuelve a ponerse el sol. Similar ritual al del amanecer, aparcadas en un prado próximo al acantilado. ¿Siempre habrá un penúltimo viaje y nunca el último? «Por supuesto», afirma Verónica, «pero tampoco será el penúltimo, porque nos quedarán trescientos por delante».

jóvenes perfect@s

Sábado por la mañana. Un predicador lanza proclamas y panfletos al aire: «¡Nuestro Señor está aquí para salvarnos!». Pero no para procurarle un público. Va a necesitar un milagro. Ni los más lentos viandantes tienen tiempo para creer en la salvación; piensan en la partida de petanca que van a jugar ahora en el parque.

Alineación de gala sobre la arena: Luis, Joaquín, Jorge, Bea, Gonzalo, Jaime, Yolanda, Paco, Charo y Mariano, la estrella del equipo y ex jugador de petanca federado. En el banquillo, Poli, Antonio, Ramón y Alejo observan atentos el juego. Analizan, comentan: «Y lo que duele poner la bola ahí…». Antonio asiente sin quitar la vista de la tirada de Joaquín, de cuclillas para una mejor precisión, como Severiano Ballesteros cuando jugaba al golf. Ramón está a lo suyo, contándole a Poli que se ha levantado a las seis y media de la mañana para preparar una paella, pero Poli también está a otras cosas: «¡Joaquín, tienes el punto en la mano!».

La media de edad en el terreno de juego está en los 60 años, siendo Mariano el más veterano con 62. Mientras espera su turno, pule sus bolas con una gamuza y recuerda con los reservas batallitas y un campeonato que ganaron en Ciudad Real en el 91: «Estaban Tomas, Rufo, Pablo, Salva… ¡Qué buena persona era Salva!». Apoyados en el cercado, el público, y no precisamente escaso, también está ahí para hacer lo que mejor se le da a alguien por estas tierras: ser entrenador de barra de bar.

Va a tirar Bea, la única extracomunitaria del equipo. En realidad, Bea lleva poco tiempo jugando a la petanca. Mariano tiene la responsabilidad de ayudarla. Lo hace con tiento, con experiencia de maestro. «No la tires rodando, lánzala más fuerte y que pegue ahí. No te salgas del aro». Y Bea tira y pega donde tenía que pegar, sin salirse del aro.

Ya son cerca de las once y cuarto, y aprieta el calor. Bea y Luis están bebiendo una lata de cerveza. Luis, el especialista mesero, se ha traído una botella de piña colada y otra de tinto de verano. Bien podría ser el utillero que hidrata y cuida de unos «chavales» con arruga y pelo platino que hacen botellón. Quizá no se acicalen tanto como antaño y hayan cambiado una americana o una camisa elegante por un chaleco multibolsillos en los que guardan el móvil para cuando llame la sobrina, pero está visto que lo que les falta en elegancia lo palían en funcionalidad.

«Veintinueve y medio. Buena bola, Mariano», felicita Joaquín. Mariano es un seguro, como Mágico González de resaca haciéndole al Racing de Santander un hat trick con el Cádiz. Mariano no falla, y no le gusta que le digan «viejo»; lanza con efecto la bola y la deja a menos de treinta centímetros de otra. «Esta es una técnica que se aprende jugando, jugando y jugando, y yo tengo 62 y empecé a jugar a los 10. Echa cuentas», presume Mariano. «Cada vez eres mejor, ¿eh?», se oye por la valla.

Charo es otra leyenda por aquí; fue de las primeras mujeres en federarse y a sus sesenta y pico (61 para 62) atesora algunas medallas y trofeos en casa. Sigue en activo. Su último torneo fue en Mojácar, en 2020, y trajo consigo un galardón. Pero Charo no es ostentosa; por sus victorias la reconocerán. «Voy a batirme el cobre con el señor Mariano», advierte antes de tirar.

la mala educación

Aquí, en este lugar, las paredes se caen desconchadas, por el tiempo y también por los balonazos de los críos que bajan a jugar a la calle a las cinco y media de la tarde, porque hay una edad en la que se destierran las siestas. Ellos son niños disidentes del sueño.

Las ventanas están abiertas y la vecina del bajo ha tendido la ropa en la fachada. Con este clima casi festivo, podría decirse que son guirnaldas en lugar de calcetines, bragas o pantalones. Se le secará la colada antes de que llegue la noche. Huele a junio, a temporada de sol y vacaciones. A tortilla de la cena en todo el bloque, que no es sino la señal de que las madres van a empezar a asomarse para llamar a sus hijos: «¡Sube, Cristina!». La llamada proviene del 2º A. En el 1º B, Fátima está controlando a Omar y Amin. Es, de todas, la más preocupada por sus chavales.

No es fácil ahora jugar en algún rincón de la ciudad que no haya sido devorado por el asfalto. Quedan parques y barrios como éste, de avenidas estrechas y cuestas empinadas por las que bajar carritos de la compra es un deporte de riesgo. Subirlos también tiene su ciencia. Hay a quien le gusta imaginarse que vive en San Francisco.

Los infantes que están echando el partido llevan media hora de juego y el marcador está descontrolado; hay goles dudosos que han entrado al pegar en un gurruño de sudaderas y chaquetas de chándal que hace las veces de «palo». La meta contraria la forman dos árboles y un muro desnudo de pintura en el que alguien ha escrito «Vi luz y subí».

Se disputan la cancha cinco contra cuatro (estos han echado mano del portero-delantero). No existen las normas federativas, tampoco el VAR y mucho menos la Ley Bosman. En uno de los equipos (el de cinco), juegan: Izan (13), Omar (12), Amin (12), Kevin (14) y Cristina (13). En el de cuatro jugadores, al portero-delantero le llaman «Mako» (13), porque tiene los dientes como un tiburón. Los tres restantes son: Ainhoa (12), «el Moha» (13) y Paola (13), que vive con su tía.

El nombre de «Mako» es en realidad Alejandro y le dicen «Alemako». Se lo toma con humor. En el barrio no hay muchas distinciones pero sí bastantes amigos, sean o no del colegio. En el caso de «Mako» (prefiere que se le mencione así), la mayoría son del barrio. Solo son de clase Amin y Omar, hermanos y además vecinos, que nacieron en España después de los años en los que se ataban a los perros con longanizas, algún tiempo después de la llegada de su madre a través del estrecho. Viajó en ferry con su hermana, no así el padre de Moha, que huyó con su tío de Argelia hasta Italia en patera. Y desde allí, en busca de otras oportunidades mejores, en autobús hasta España.

En esta comunidad de vecinos se vive al día. Y si a algún miembro le falta algo, otro se lo presta o le da cobijo. «Tuve en casa a la niña del 4º C cuando salieron ardiendo. Los padres no tenían donde quedarse y se buscaron la vida, pero la criatura no iba a estar por ahí. No me daba la gana», cuenta enérgica Clementina, una de las habitantes más veterana del bloque, que sabe bien lo que es hacer piernas cuando va al mercado de la calle de arriba.

A Clementina le crecieron los hijos y se fue quedando sola con su marido Arturo. Dejaron Albacete en 1963 para prosperar en la ciudad. Sacaron adelante un hogar, que no fue tarea fácil. «Ni lo es ahora», añade la mujer. «Mi chico el pequeño está malviviendo con la novia en un piso de alquiler y casi no tiene ahorros. ¡Encima es autónomo!». En casa de Clementina son dos, pero ella cocina para veinticuatro. Hace tanta comida, que regala «tuppers» a los vecinos y a los hijos «cuando se lo merecen», dice.

telepatía

Tienen los nacionales a cuatro chavales contra la pared. Un poco más allá, pasando el portal, está el locutorio de Lidia, abierto desde febrero del 2018. Ella está asomada, a ver qué pasa. Hay movimiento tanto en el interior como fuera del local. En el barrio, la comunidad latina se conoce.

Son las seis y media de la tarde. La puerta está abierta. Hace calor. Puede oírse el ritmo de la bachata y el reggaetón. «¡Paisa!». Uno de los chicos que espera fuera del locutorio, apoyado en una furgoneta, saluda a lo lejos a un compatriota. Cuando están lo suficientemente cerca, chocan los puños. Son ajenos a la movida con la policía. No va con ellos.

Lidia se ha metido dentro, tiene mejores cosas que hacer, como cobrar al que acaba de salir de la cabina número cinco, que ha llamado a Ecuador (como ha estado quince minutos, a 0.20 euros el minuto, hacen un total de tres euros a pagar).

En la siete acaba de entrar Camilo con su sobrino Pipe para llamar a su hermano, el padre de Pipe, que vive en Cali. Camilo solo quiere saber si están bien allá y que hable su hijo con él. «[Iván] Duque ha mandado al ejército. No tienen suficiente con la policía. Me ha dicho mi hermano que ayer hubo otro tiroteo cerca de la casa», explica el hombre, que gasta rostro de púgil retirado. Su nariz aplastada le delata. Fue boxeador amateur en Colombia, pero en España es albañil. Hoy ha estado, sin ir más lejos, alicatando un cuarto de baño. «Solo trabajo de lo que sale. Mañana puedo estar cargando maletas en el aeropuerto o en casa sin nada que hacer y en paro».

Camilo vive con su esposa Patricia, que se dedica a poner cañas en una taberna. Tienen a su cargo dos hijos (Juan Camilo y Carlos) y al primo Pipe. No viven mal, pero podrían vivir mejor. Sobre todo Camilo, que recuerda tiempos mejores sobre el ring, cuando tenía diecisiete años y soñaba con pelear con Muhammad Alí. No ha cruzado guantes con nadie en la obra, pero allá por donde va le conocen como Evangelista, por el cierto parecido que guarda con el boxeador uruguayo pero nacionalizado español Alfredo Evangelista.

Solía entrenar con su hermano Gabriel, con quien acaba de colgar el teléfono. «Le gustaba el boxeo tanto o más que a mí… ¿Pero sabes qué pasa? Que se casó muy temprano y ya no pudo pelear más, no le dejaban», dice Camilo entre risas, haciendo un gesto con la cabeza que señala a Pipe, alto, de chándal y con una gorra.

Cuenta Camilo que ahora no volvería a boxear; tiene sesenta y dos años. ¿Lo intentó cuando aterrizó en España? Tampoco. El boxeo, como sus padres y hermanos, se quedó en Colombia. Sin embargo, Camilo tiene una foto suya en el móvil de cuando llevaba calzón rojo. Está posando con mirada amenazante a la cámara, con los puños preparados. Al pie de foto, su nombre y categoría: Camilo Chamorro Quiñones (peso wélter). «En Bogotá, me dejó fuera de combate un chavalito que parecía un carro de lo duro que golpeaba. Le decían El Chacal de Pereira. Me parece que tampoco continuó boxeando. No sé si porque también se casó», vuelve a bromear Camilo, cuyo apodo era Ladrillo Chamorro. «Es curioso: allá me dedicaba a pelear y me decían Ladrillo. Y ahora que trabajo de albañil, mis compañeros me han puesto el nombre de un boxeador».

dobles

Marina llega hasta un rincón de la plaza. Lo hace con cierto secretismo, esperando que no haya nadie cerca. No, Marina no es traficante; es madre, y va a hacer algo que para algunas personas es peor que el menudeo: dar el pecho a Leo, su bebé, al abrigo de un fular de porteo.

La zona no está muy concurrida, pero Marina espera a que se marchen de allí un par de tipos que apuran el último cigarro de la sobremesa. Mientras tanto, busca algo en un bolso y «habla» con el crío. Es madre primeriza, le da vergüenza hacer algo tan natural como alimentar a quien ha traído al mundo. Tiene amigas que le dicen que se olvide de pasarlo mal por hacer lo que tiene que hacer, y que si alguien se molesta, que se moleste, que la sociedad vive en el siglo XXI. Piensa en ello cuando descubre su seno izquierdo.

Acomoda a la criatura, que busca por instinto el pezón del que mamar, que Marina sostiene con dos dedos para que acceda mejor a él. Ya está. Ahora sí. Solos los dos, unidos por un instante de silencio que solo ellos pueden escuchar. A Marina ha dejado de importarle que la miren. A su hijo nunca le importó. Le augura un futuro mejor. «Yo sé que me quiere como le quiero yo». Parece que esté Marina recordando con esta declaración a José Alfredo Jiménez: «Vámonos… Donde nadie nos juzgue, donde nadie nos diga qué hacemos mal… Vámonos… Alejados del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada… Nomás nuestro amor».

El Barómetro Elvie España: La lactancia según las madres y la sociedad, revelaba a finales de 2020 que del 84% de las madres españolas que había dado el pecho alguna vez en un emplazamiento público, un 40% había confesado sentir incomodidad. Marina es una de ellas. O, mejor dicho, lo fue. Para conocer otros casos, se sumó al grupo de Facebook: El mundo es mi sala de lactancia y se puso en contacto con La Liga de la Leche, una ONG que nació en Estados Unidos y que ha cumplido 65 años (más de 30 tiene la delegación española). Marina encontró ayuda y apoyo en esta organización de madres voluntarias. «El pecho materno, que tiene muchas funciones en la vida, como la de alimentar a las crías, a lo largo de la historia, y especialmente en el siglo XX, se ha hipersexualizado y se ha convertido en una herramienta erótica», cuentan desde la asociación.

Madres como Marina buscan un sitio apartado. A otras, en cambio, no les importa, pero son criticadas o incluso expulsadas de una piscina o un museo. Y en la más grave de las situaciones, agredidas. Véase un ejemplo fechado en mayo de 2021 y sucedido en Burdeos (Francia), en el que Maÿlis fue abofeteada por otra mujer por estar en la calle dándole el pecho a su hijo Nino, de seis meses, mientras esperaba recoger un paquete. La acción fue bien vista por otra señora, que felicitó a la agresora, mientras que el resto no hizo nada. Lo «habitual», explican desde La Liga de la Leche, es que llegue el vigilante de turno –sin conocer la normativa vigente– y mande a la madre a la sala de lactancia. «¿Y si no la queremos usar, porque es un cambiador donde huele mal?».

Volviendo a los datos del informe de Elvie, el 60% de las mujeres encuestadas decían sentirse menos cómodas viendo a otras dar el pecho. En los varones, la cifra es del 81%. A Marina y Leo les ampara la ley, pese a estar expuestos al juicio y a la reprimenda. Poco a poco, Marina sonríe y hace oídos sordos; amamantar a Leo es parte de su vida, y la vida continúa, no puede ir en su contra cambiando sus planes por tener que irse a casa corriendo cuando el niño tiene hambre.

hogar

Decía Penny (Kate Hudson) en Casi Famosos que para no sentirse sola iba a la tienda de discos a visitar a sus «amigos». Sabe de lo que habla; la melomanía es una «disfunción» social que conduce a la felicidad.

Un día cualquiera en la ciudad, a las seis de la tarde, Discos Bangladesh tiene un cliente: Ramón, que está hablando con Jorge y Antonio en el mostrador. Ramón es un habitual, porque no hay nada mejor que cargar con una pila de vinilos bajo el brazo y comentar la jugada. Todo son rarezas y bootlegs. Ramón es coleccionista, Ramón es feliz. «Vengo aquí por nostalgia, pero es que me pongo contento en esta tienda». A estos sitios siempre se vuelve, y seguramente por vicio, porque aunque tengas en casa el Pink Moon de Nick Drake, no puedes evitar cogerlo otra vez y mirarlo durante un rato para tener una regresión al día que lo compraste y estabas con la euforia por las nubes.

Al local no le hace falta mucho más, la decoración es sencilla: paredes blancas, pósters y memorabilia, y largos estantes repletos de elepés, maxis y singles de siete pulgadas. Es el sitio en el que trabajaría alguien que se alimenta de música. «Me pagan por lo que me gusta. No se puede ser más feliz», responde Jorge, casado y con una hija. Ramón, en cambio, está soltero; lo dejó hace poco con su chica; ella no entendía que su afición fuera tan cara y ocupara tanto espacio en el salón. Tal era la situación, que Ramón compraba discos a escondidas. «Conseguí tener una habitación para los discos, pero ella quería que los vendiera para comprarnos un coche, y eso jamás lo haré». Fluye la palabra. Antonio tiene razón: «Con este trabajo te apasionas por una conversación».

Al coleccionista no le importa soltar sus buenas cantidades de dinero por una caja rarísima de los Kiss. En concreto, hay uno con el que Antonio y Jorge hacen caja para una buena temporada. No lo conocen, porque el hombre les hace llegar por carta una lista extensa con encargos que los dos buscan por internet. «Es un tipo analógico. Aquí hay mucho dinero, seguro que cuatro cifras. Le da igual lo que cueste», cuentan enseñando dos folios llenos por ambas caras. «Vive en un pueblo a cien kilómetros de aquí. Solo sabemos que está solo y que tiene mucho dinero». Ramón añade con atino: «Seguro que está soltero y es feliz. Esto es un nicho para solitarios que les vale con vivir rodeados de álbumes, como Rob Gordon en Alta fidelidad. Por cierto, ¿conoces la escena de los singles?». Hay charla para rato.

Se enorgullece Jorge de trabajar aquí, en la tienda de Antonio, abierta desde hace más de cuarenta años. Entonces, Antonio viajaba a Alemania, a las ferias, y regresaba a Madrid con el coche cargado de vinilos. Antonio ha vendido discos en el Rastro y vive de este negocio al que se le ha puesto fecha de caducidad miles de veces, pero ahí sigue. Van chavales, a veces universitarios «con pasta», pero la media de edad del cliente de Discos Bangladesh está en los 35 en adelante. También turistas, como el que acaba de entrar, un alemán que rondará las cincuenta primaveras. Echa un rato en mirar lo que hay y va a comprar. Bastante, por cierto. Al menos se pueden contar cinco elepés. Uno de ellos es de música española: Señora azul, de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. «Soy un poco nostálgico. Lo ponía mi padre cuando veraneábamos en España. Me recuerda a mi madre, que era de Segovia, pero emigrante en Berlín», trata de explicar Brandeis a la vez que mira la carátula. Lo tendrá repetido, pero es posible que además sea coleccionista y quiera volver a casa con un pedazo de felicidad convertido en recuerdo de acetato y cartón.